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ANUNCIAN CANCELACIÓN DEL SELLO POSTAL POR EL CENTENARIO DE RENÉ PORTOCARRERO

Publicada el 2/20/2012


Por Jorge Rivas
El próximo día 24 de febrero a las 4 de la tarde en el patio del Edificio de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes, en La Habana, tendrá lugar la cancelación oficial del sello postal conmemorativo por el centenario de René Portocarrero (La Habana, 24 de febrero de 1912 - 27 de abril de 1985).
La ceremonia, en la que estarán presentes importantes personalidades de las artes y las letras nacionales, forma parte de las actividades de celebración del centenario del nacimiento de tan importante exponente de las artes plásticas cubanas.
Ese mismo día, también en el Edificio de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes, quedará inaugurada la exposición René Portocarrero: La ciudad, sus mujeres y las fiestas populares; que se mantendrá en esa insititución hasta el 22 de abril próximo.

PORTOCARRERO, UNA DE LAS FIGURAS CIMERAS DE LAS ARTES PLÁSTICAS DE CUBA
René Portocarrero, una de las figuras cimeras de las artes plásticas de Cuba, nació en el capitalino municipio del Cerro, el 24 de febrero de 1912, y murió en La Habana el 7 de abril de 1985. Desde muy pequeño mostró vocación por la pintura y en 1934 realizó su primera exposición personal. A partir de entonces y durante varios decenios, en su obra se reflejarían la luz, el color y el ritmo de su país. Su universo pictórico comprende la creación de cuadros, ilustración de libros y revistas, diseños gráficos y los murales.
Fue esencialmente un pintor autodidacta. Trabajó como orientador en el Estudio Libre para Pintores y Escultores de la Habana (1937), y sus dibujos se publicaron en las revistas Verbum, Espuela de Plata y Orígenes.
Enseñó dibujo hacia 1943, en la Cárcel de La Habana, donde dejó un mural religioso. Trabajos como Interiores del Cerro, Festines y Figuras para una Mitología Contemporánea tuvieron gran peso a la hora de definir su estilo.
En el segundo lustro de la década de 1940 abordó el tema de las fiestas populares en una amplia serie de pasteles, y comenzó a decorar piezas de cerámica. Concibió en esa técnica el mural Historia de las Antillas para el Hotel Habana Hilton y otro en 1968 con el tema de las mujeres ornamentadas y de Flora, que cuajaron en una serie de cuadros exhibidos en la Trigésima tercera Bienal de Venecia.
Su costumbre de trabajar en extensos ciclos con asuntos centrales que sirven de motivo a desarrollar, dio lugar, en 1962, a la exposición Color de Cuba compuesta por imágenes religiosas vinculadas a la santería cubana, mujeres ornamentadas y figuras de carnaval; éstas últimas son objeto de una serie especial de trabajos sobre papel que tituló: Carnavales (1970-1971); a la que siguen otros ciclos: Figuras sedentes (1975-1976), Transfiguración y fuga y Madres eternas (1982).
La especialista Adelaida de Juan, en su obra Pintura Cubana: Temas y Variaciones, refiere acerca de la obra de René Portocarrero:
A partir de la década de 1940, surgen nueves visiones de la ciudad. Además de la ciudad nocturna de Víctor Manuel, se inician los numerosos acercamientos que hace Portocarrero. Primero son los Interiores del Cerro, en los cuales el ornamento de la arquitectura y el mobiliario enroscan y engloban toda la composición, incluyendo la figura humana. Luego, en la década del cincuenta, ya es la ciudad toda y no sólo un barrio; paro es ciudad que se ha adelgazado y afinado hasta convertirse casi en plano arquitectónico. Su color es dedicado y triste y su esquematismo, mera sugerencia de una ciudad despersonalizada.
En la década del sesenta resurgió la exuberancia inicial de la línea y del color, pero ya no ceñida al Cerro sino en un despliegue total del color, gran síntesis de edificios, calles, estatuas y, sobre todo, la atmósfera misma de una ciudad reencontrada por el pintor.
En esa misma época, Portocarrero presentó prolongadas series de flores, de grueso empaste y rico colorido, que pasarán, como elemento integrado a composiciones más complejas como son las Cabezas ornamentadas, a las Floras y al mural de mosaicos del Palacio de la revolución, donde flores, cabezas y caracoles se funden en una visión panorámica y poética de nuestra isla.
Fue objeto de numerosas distinciones y condecoraciones, entre las que sobresalen:
Orden de la Cultura de Polonia, máxima condecoración otorgada por este país a los más destacados intelectuales extranjeros.
Orden Cirilo y Metodio de Segundo Grado de Bulgaria en 1976.
En 1979 es nombrado Miembro Consejero de Honor de la Asociación Internacional de Artistas Plásticos de la UNESCO.
El 4 de octubre de 1981 fue condecorado con la Orden Félix Varela de Primer Grado que se otorga el Consejo de Estado de la República de Cuba.
El 14 de septiembre de 1982 le fue impuesta el Águila Azteca, la más alta condecoración mexicana.
Publicó dos libros: El sueño (1939), con dibujos y textos suyos y
Las Máscaras (1955), colección de doce dibujos
El reconocido especialista en arte cubano de la vanguardia, Roberto Cobas, dijo a ArtCuba.com que en la extensa obra de René Portocarrero existen temas que han sido recurrentes en su pintura. “Estos —añadió— han aparecido en diferentes momentos guardando una relación íntima con la época que le tocó vivir. De ellos hemos seleccionado tres para la presente exposición que identifican plenamente al artista con el conjunto de su obra. El primero de ellos es la mujer, la cual ha sido, como la ciudad y las fiestas populares, tema constante en la pintura de Portocarrero”.
Las primeras obras en las que se perfila la personalidad artística de René Portocarrero tienen como protagonista a la mujer. “Esta aparece en sus cuadros de madurez temprana a finales de los años treinta y, en el transcurso del tiempo, sufren una metamorfosis que da origen a múltiples interpretaciones en el transcurso de los años hasta llegar a sus excepcionales Retratos de Flora, realizados en 1966.
“Por otra parte tenemos la ciudad, que se asoma con timidez en el espacio más íntimo de los Interiores del Cerro, adquiriendo una independencia e importancia tal en el transcurso de su obra que pasa a constituir uno de los símbolos más significativos de toda su pintura. Y como elemento que no podría faltar acorde a la personalidad jubilosa del artista están sus fiestas populares que podemos encontrar ya en sus espléndidos Festines del primer lustro de los años cuarenta. Estos jolgorios populares aparecen de manera magnífica en sus pasteles del 47 en un derroche de espontaneidad y calidez cromática. Después reaparecen en Color de Cuba, espléndida serie de óleos que realiza entre los años 1962 y 1963 en los que deslumbra al espectador con un derroche de imaginación y colorido. Por último, la serie Carnavales, concebida a inicios de los años setenta, cierra esta gran fiesta popular que constituye uno de los hitos fundamentales de la carrera de este extraordinario creador”, expresó Cobas.


 

 

 

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