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La Vanguardia Cubana

Mariano Rodríguez: de lo americano a lo universal. Por Roberto Cobas Amate

Publicada el 11/12/2011

Mariano Rodríguez:
de lo americano a lo universal.
Por Roberto Cobas Amate

En el transcurso del primer tercio del siglo XX se suceden en Latinoamérica movimientos de renovación artísticos, expresión de un espíritu de rebeldía generalizada contra los paradigmas de la Academia. En México o Brasil, Argentina o Cuba, los artistas del continente se apropian con avidez del lenguaje de la modernidad y surgen nuevos discursos plásticos que tendrán, como eje central, una visión americana. Así aparecen representados, con un calado desconocido hasta entonces, los rasgos fisonómicos del hombre olvidado de estas latitudes.

En esta dirección se inserta la obra temprana de Mariano Rodríguez, figura prominente de la segunda generación de modernistas cubanos. Mariano impone una apreciación desconocida hasta entonces del hombre americano en el contexto de la pintura cubana de la época, expresada de manera notable en los retratos de sus hermanos Zora y Aníbal. En ellos el artista modela con trazos fuertes figuras monumentales que parecen desbordar los límites bidimensionales del lienzo en su corporeidad. En su afán por atrapar las esencias culturales antillanas Mariano percibe desde muy temprano la necesidad de utilizar colores relacionados con el ambiente y la luz tropical que aplicará tanto al paisaje como a los personajes, caracterizados todos por la dignidad de su mestizaje del cual no escapa ni siquiera el propio Mariano tal y como se observa en su Autorretrato.

Hacia 1940 comienza a desperezarse de la influencia mexicana para dar paso a otras fuentes nutricias. La Escuela de París impregna con su vigor el arte cubano y latinoamericano de la época. Algunas de las obras realizadas por Mariano dan fe de su admiración por Picasso, Cézanne y Matisse. Sus dibujos y pinturas aún mantienen la solidez en la construcción de los volúmenes del período anterior, pero la línea se torna más suelta y flexible como se observa en los numerosos dibujos realizados entre 1940 y 1941. En estas obras amplía su variedad cromática, desplazándose, al mismo tiempo, hacia matices más cálidos. Los colores terrosos quedan atrás; ahora dominan los azules y los rojos. La paloma de la paz, obra emblemática de este momento, marca su interés por consolidar un discurso plástico nuevo, tan abierto como el espíritu de las vanguardias que lo inspiran, hacia una comprensión universal del hombre y sus circunstancias.

Sin dudas, 1941 es un año decisivo en el despegue de su personalidad artística. Por esa fecha inicia un importante ciclo pictórico en el que persigue, como objetivo fundamental, su afirmación plástica a través de la cristalización de una expresión original. Así aparecen sus gallos, guajiros, mujeres, figuras en interiores, paisajes, naturalezas muertas, o sea, los grandes temas de su pintura.

A través de sus lienzos y dibujos del primer lustro de los cuarenta Mariano obtiene su propia interpretación de lo cubano mediante la personalidad singular que adquiere el color en su pintura, lo cual otorgará un carácter definitivo a sus lienzos en obras rotundas como Guajiros o La Catedral de La Habana, realizadas en 1944, obras representativas en la aprehensión de una visualidad propia, nutrida de una esencia cultural cubana, caribeña, latinoamericana. Con un prodigioso despliegue de sus dotes como colorista, atrapa y recrea en sus paisajes, parques, catedrales, guajiros, gallos y mujeres, una atmósfera de época que identifica con un sello particular su primer ciclo de madurez.

Lo más notable en la pintura de Mariano de los últimos años de la década del cuarenta es su orgánica evolución hacia una expresión no figurativa a partir del neocubismo, siguiendo el cauce principal de la plástica cubana del período. En su caso esta orientación transcurre dentro de un desarrollo natural de su poética, sin traicionar su mundo interior. De sus obras aún figurativas de 1949, al estilo de Pareja acostada, transita con absoluta seguridad hacia una pintura donde la realidad queda sumergida en la gestualidad de un color cada vez más violento.

La interpretación plástica de sus temas preferidos en los años cincuenta —pescadores y gallos; retratos y paisajes del río Almendares; fiestas populares y deidades afrocubanas— transita por un camino común al de otros notables pintores latinoamericanos: de una tranquila geometrización de las formas a una vigorosa tensión dramática obtenida por el hábil manejo de las manchas de color, sobre todo, en los lienzos realizados entre 1958 y 1959. En Babalú Ayé, Osaín y Libélula descubrimos un estallido del color. Mariano se encuentra en sintonía con lo mejor de la pintura abstracta del momento, sin dejar de recurrir, como un asidero, a lo figurativo y a sus temas de siempre: campesinos, mujeres y gallos.

El triunfo de la Revolución Cubana sorprende a Mariano en un momento de máxima tensión creativa. Precisamente en 1959 aparecen algunas de sus obras más significativas del momento: Figura con gallo, Composición con gallo y Guajira con gallo, en las que demuestra su capacidad de trabajar con el rigor de un expresionista abstracto sin descuidar la presencia de un referente figurativo.

En plena efervescencia creativa es nombrado Consejero Cultural en la Embajada de Cuba en la India, en mayo de 1960. Atrapado por la fuerza espiritual de una civilización tan diferente, realiza una importantísima serie de dibujos y lienzos que, en cierta medida, darán continuidad a su ciclo creativo próximo a la abstracción. Se mantiene la fuerza expresiva del negro, presente en todas las obras de esta época, pero la atmósfera que las envuelve ha variado, resultado de una sensibilidad conmovida ante el impacto de un nuevo contexto cultural. Hay un componente sutil en el manejo de las gamas de color en la Mezquita de Jama Masjid, 1960, cuya estructura compositiva parece flotar en el espacio, mientras que en La mujer del sari blanco, 1961, la esbelta figura femenina se impone por un violento contraste entre el blanco intenso de la ropa y el negro absoluto de su piel.

Entre 1962 Y 1963 Mariano dedica toda su atención a plasmar en dibujos y lienzos de inestimable valor artístico y testimonial la épica de la historia contemporánea de Cuba. Así aparecerán por primera vez las grandes concentraciones populares como protagonistas de sus cuadros, expresadas mediante una auténtica explosión de color en obras como la Declaración de La Habana, 1962, y Asamblea popular, 1963. En tales óleos Mariano lleva al límite de sus posibilidades su incursión dentro del expresionismo abstracto, aspecto que sobresale aún más en un contexto cultural donde las estrategias de la abstracción van dando señales de agotamiento.

En algunas obras de este momento se anuncia un desplazamiento de los intereses del artista del expresionismo abstracto hacia la nueva figuración. Playa Girón, 1963, marca el instante del retorno de Mariano a una realidad más dura, caracterizada por el tratamiento grotesco de la figura humana. Durante dos años trabaja intensamente en esa nueva dirección, reflejando desde una óptica de compromiso revolucionario los candentes temas de la realidad cubana de aquella época. Con una visión sarcástica Mariano recrea una atmósfera grotesca en Reunión de Cancilleres en la O.EA, su obra más importante del período. Además, trae a reflexión la crisis de las tradiciones en obras como La familia y La cena, ambas de 1965.

A partir de 1967 Mariano retoma en su pintura la relación mujer-frutas, que había explorado en los años cuarenta en obras impregnadas de un profundo intimismo voluptuoso al estilo de Mujeres y plátanos y Mujer con fruta. Entre 1967 y 1973 realiza su importante serie Frutas y realidad cuyas obras recogen la quintaesencia de una sensualidad sin cortapisas y represiones, expresión del desarrollo sin dogmatismos de la mujer en un nuevo contexto social.

Entre 1977 Y 1982 el artista explora en todas sus posibilidades plásticas las grandes multitudes moviéndose por toda la ciudad, en concentraciones y desfiles, respaldando con su presencia entusiasta la política del gobierno revolucionario de Cuba. El carácter multicolor de las masas humanas, reunidas en espacios abiertos, portando pancartas y agitando banderas, incentivó la imaginación de Mariano quien desplegó en tres importantes series Gallos y masas, Masas y el Vedado y Masas toda la maestría alcanzada en el manejo del color, en una composición que se desliza con facilidad de una representación figurativa del pueblo, con la ciudad como testigo omnipresente, a una concurrencia compacta, imprecisa en sus detalles, en la que usualmente utiliza matices luminosos con el deseo de transmitir una visión optimista de la vida.
En la década de los ochenta se conjugan en la pintura de Mariano algunas de sus obsesiones de todos los tiempos en obras portadoras de un poderoso erotismo que llega a la libre expresión de una sexualidad plena, sin falsos pudores, y que culmina en la serie Fiesta del amor.

La exposición Mariano es una ocasión excepcional para acercar al público español a una de las figuras clásicas del arte latinoamericano del siglo XX. Un hombre cuyo pensamiento estuvo siempre profundamente identificado con la realidad de su país y su continente y que supo trasladarla al lienzo, como pocos, con un alto vuelo poético, siempre en sintonía con el desarrollo de las vanguardias plásticas de cada época. A lo largo de cincuenta años de creación, Mariano Rodríguez logra mantener inalterable la unidad de una obra consagrada a la defensa de 105 valores esenciales del arte latinoamericano y proyectarlos con un sostenido aliento de universalidad.


Sala de exposiciones de Santo Domingo

Salamanca

Del 7 de mayo al 13 de junio de 2004

Horario
De martes a viernes de17 a 21
Sábados y domingos de 12 a 14 y de 17 a 21 horas

 

 

 

 

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